Yo no me considero un mujeriego.

Sin embargo mis acciones indican lo contrario.

Algo tengo por seguro al respecto, yo no era un mujeriego antes de que me rompieran el corazón un par de veces. Mi incursión en la promiscuidad empezó la noche en la que una chica con quien estaba empezando (o eso creía yo) una relación me dijo por teléfono, sin tacto alguno, que no me podía ver todo el tiempo. Básicamente, me estaba diciendo que lo que estábamos experimentando era solamente un “affaire” casual, y que ella estaba saliendo con otras personas. Fue entonces que decidí, por primera vez en mi vida, salir a un antro, conocer a una chica, y llevarla a mi casa a coger. Horas después eso fue justo lo que sucedió.

Lo irónico de mi promiscuidad es que nace a raíz de un par de chicas promiscuas, quienes al no mencionar nada al respecto del origen de la situación, terminaron lastimándome lo suficiente como para que yo dejara de creer en la seriedad de las relaciones humanas. No es que me haya vuelto cínico, porque siempre lo he sido, pero solo me volví una persona más egoísta.

Hoy en día así sigo. Aunque es difícil distinguir entre que tanto de lo que sucede está verdaderamente bajo mi control. Finalmente, todas las mujeres con las que he estado han sido cómplices, o hasta causantes, de mis actos. No que eso me haga menos responsable, pero hasta cierto punto me hace menos irresponsable.

El otro lado irónico de está situación termina siendo que, dentro de todo este embrollo, siempre me enamoro de mujeres que no están emocionalmente disponibles. Supongo que me recuerdan un poco a mi… o quizá al masoquista que llevo dentro.

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