Tu y Yo Deberíamos De Escribir Un Libro

Esto es a lo que le llamaban la maldición del pos-modernismo: todo artista carga con el peso de intentar ser la voz de su generación. Cientos de miles de historias conflictivas, una con otra chocando desde la primera hasta la ultima nota; de la primera letra al ultimo punto; del lienzo, al papel, al pincel, al cincel, al sexo desnudo, desmembrado y transversalmente cortado, desplegado en una vitrina. Decenas de millares de relatos en directa contradicción y, sin embargo, cada una teniendo la ultima y completa razón todo el tiempo.
Es por eso que el ser artista, en el instante en el que todos estábamos intentando ser artistas, era como un pequeño suicidio a nivel celular. Higgs, Boson, y Kevorkian se admirarían de cuan lejos habíamos llevado nuestro más anti-natural impulso por la destrucción, pero sobre todo de su sub-microscópico nivel cuantitativo del cual podríamos desgastarnos por completo en un par de lustros bien vividos.
Pero eso era la maldición y esas eran nuestras vidas. Para el momento en que el escritor del departamento de la esquina había terminado su quinta novela, ya había perdido un pie. Pero gustosamente caminaba al Oxxo en busca de cervezas cada noche. Como si nada nunca hubiera pasado, y todos le seguíamos la corriente. Porque sabíamos que esa era la maldición. Nos juntábamos cada martes en el pasillo afuera de su puerta a hablar acerca de discos nuevos, y noticias insulsas que no tenían razón de existir excepto por el simple hecho de que en verdad habían sucedido… y ahí estábamos todos… menos su pata. Pero no podíamos decir nada al respecto, porque tarde o temprano nosotros también íbamos a estar igual, y lo sabíamos. Porque eso era la maldición y esas eran nuestras vidas.

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