Ro.

Un par de semanas después de cuando la conocí, le dije: No ando con chicas menores de 24 años. Ella tenía 19. Se lo dije porque en ese momento era una regla que me parecía lógica; era una regla que tenía el potencial de ahorrarme un par de rupturas de corazón… o eso era lo que creía. Su respuesta fue: Yo no ando con mayores de 24.

Desde entonces ella tiene un odio residualmente perpetuo hacia mi. No tanto un odio, más como una resistencia. He intentado hacer las paces. Se lo he dicho, explícitamente. La invito a salir, la saludo, le sonrío, le marco, la busco. Pero se que nada la hará ablandarse. Siempre lo supe.

Cuando le dije lo que le dije, más que por su edad, fue por su necedad. Algo que es, igualmente, demasiado evidente en mi. Si le pidiera a la gente que me describieran en 3 palabras, “necio” sería bastante popular. La vi, me vi, le dije, me dijo, y ahora estamos en este lugar. Un vacío donde lo único que me gustaría es escucharla sonreír, verla marcarme e invitarme a salir, y tener la oportunidad de besarla.

Ro., si lees esto, nunca he dejado de pensar en ti. Siempre dentro de un “si hubiera” y un “fútil”, pero en ti.

Nadie sabe, ni nunca sabrá,ve y díles.

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